Sin comillas (reto del módulo 4)


La formulación de la propuesta para este reto «consiste en hacer un ejercicio de "introspección" y preguntarnos ¿qué podemos hacer cada una de las personas, desde nuestra posición como empleadas o empleados públicos, para impulsar la igualdad de trato y no discriminación?».

La primera duda que me surge son esas comillas inglesas dobles ("…") que rodean a una palabra. Como he copiado y pegado esa frase directamente del aula virtual del INAP se conservan originales, rectilíneas. Si las escribo yo pulsando directamente en el teclado «Mayúsculas + 2» se presentan un poco inclinadas e invertidas (“…”). Voy a hacerlas más grandes para verlas mejor:

"…"

“…”

Ambas delimitan lo que haya en medio de ellas, pero me parece que sugiriendo cosas distintas. Las rectilíneas encierran, parecen el inicio de unos barrotes que podrían prolongarse hacia la parte inferior de la línea, por ejemplo, así ||…||. Las segundas, onduladas, más sinuosas, abren y cierran. Más que encerrar, contienen por arriba de la línea. Recuerdan lejanamente a algo que en tiempos recientes se puso de moda añorar, aunque antes de estar prohibido por cuestiones de salud pública se practicaba menos de lo añorado: un abrazo. Esta divagación puede parecer poco importante, pero quizás tenga algún sentido.

Además, prefiero las comillas españolas («…») porque, pareciendo unos dobles paréntesis pequeñitos y angulosos, no aíslan como estos. Sin dejar de abrazar por entero las letras de su interior, su aspecto de flechas sugiere una indicación, desde donde estamos, de dónde venimos y a dónde vamos. En textos alemanes las he visto utilizadas al revés que en español (»…«). Así resultan más contundentes, focalizadoras y, es mi impresión, excluyentes.

Casi me olvido de lo que encerraban las comillas inglesas o, mejor, las pulgadas: "introspección". Una palabra bien bonita e interesante encerrada por ¿sospechosa? ¿difícil? ¿infrecuente? Vámonos al diccionario:

Difícil: cuatro sílabas, trece letras. Ya empezamos mal.

Lamentablemente infrecuente. Se requiere DDT: decidir, detenerse, tiempo. Demasiado para nuestro ritmo de vida: »¡Uf!, no tengo tiempo para comentarlo«.

Absolutamente sospechosa: ¿Qué insolencia es esa de mirar hacia adentro y dejar de prestar atención a las pantallas de ahí fuera?

Reformulemos ligerísimamente la propuesta para este reto: «consiste en hacer un ejercicio de introspección y preguntarnos ¿qué podemos hacer cada una de las personas, desde nuestra posición como empleadas o empleados públicos, para impulsar la igualdad de trato y no discriminación?». 

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No sé si a alguna improbable persona que lea esta entrada de esta bitácora le habrá pasado lo mismo que a mí. Liberada de las comillas inglesas que encerraban su significado, su sentido ha explotado en connotaciones, que se amplían al reunirse sin obstáculos con las palabras que la preceden y la suceden: …un ejercicio de introspección y preguntarnos… Una preposición «de» que denota pertenencia, origen. Nuestra introspección pertenece, se origina en un ejercicio nuestro, que nosotros debemos realizar, pero que la mayor parte de las veces preferimos no hacer. Una conjunción copulativa «y» que la «ata, liga y junta» (¡Qué estupendos son los diccionarios!) a un verbo, preguntar, que significa (vuelvo al diccionario) «hacer preguntas a alguien para que diga y responda lo que sabe sobre un asunto». Ese alguien somos cada uno de nosotros. En nuestra intimidad personal. En ese interior al que la introspección nos invita a mirar. El asunto somos nosotros mismos.

Así entendidas las palabras, encuentro mi respuesta personal a la pregunta del reto «¿qué podemos hacer cada una de las personas, desde nuestra posición como empleadas o empleados públicos, para impulsar la igualdad de trato y no discriminación?». La respuesta está explícitamente contenida en las palabras que preceden a la pregunta. 

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Lo primero que podemos hacer consiste en hacer un ejercicio de introspección y preguntarnos cada una de las personas: «¿Qué veo ahí dentro, en mi interior?», «¿Cómo le afecta mi condición física, mis capacidades, mi sexo, mis creencias, mi etnia, mi identidad de género, mi origen social, mi condición socioeconómica, mi nacionalidad, el color de mi piel, mi edad, mi ideología, mis enfermedades, la familia de la que provengo y la de la que formo parte?».

Con las respuestas de nuestra introspección, en segundo lugar podemos hacer un ejercicio de extrospección y preguntarnos: «Eso que veo ahí dentro, en mi interior ¿Cómo cambiaría si se modificara mi condición física de manera similar a la de esa otra persona?», «¿O mis capacidades como las de esa otra?», «¿O mi sexo?», «¿O mis creencias?», «¿O mi etnia?», «¿O mi identidad de género como la de aquellas?», «¿O mi origen social?», «¿O mi condición socioeconómica?», «¿O mi nacionalidad?», «¿O el color de mi piel?», «¿O mi edad como la de esta?», «¿O mi ideología?», «¿O mis enfermedades?», «¿O la familia de la que provengo?» «¿O la de la que formo parte?», «¿O la que no tengo?».

A la hora de valorar íntimamente las múltiples respuestas que obtendríamos y sus muchas intersecciones, no me parece una cuestión muy relevante completarla con la perspectiva de nuestra posición como empleadas o empleados públicos. Es un ejercicio que atañe a todas las personas, ya sean empresarios o empresarias, autónomos o autónomas, personas que trabajen por cuenta ajena, desempleadas, jubiladas o estudiantes. Cualquier ejercicio que hagamos en esta dirección nos hará mejores personas. Esa es una condición esencial para ser mejores profesionales, sin excluir ningún régimen de empleo. 

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La población judía alemana a partir de la década de 1930 dejó de ser considerada parte de la ciudadanía alemana. La población de muchas ciudades ucranianas en febrero de 2022 dejó de ser considerada una ciudadanía con derechos y, mientras escribo, sus vidas siguen siendo bombardeadas y sus mundos destruidos desde una distancia y ruindad moral más fría que la nieve que cubre los escombros de las ciudades arrasadas.

Todo lo que somos. Todo eso que creemos ser. ¿Cuánto dura? Puede que no nos pase como a la población judía alemana. Puede que no nos ocurra como a la ciudadanía ucraniana. Sin embargo, (casi) todos hemos comprado muchos boletos en la lotería de la condición socioeconómica, de la ideología o de la familia de la que formamos parte. Nuestra suerte en creencias, etnia, origen social o familia de la que provenimos o formamos parte podría cambiar súbitamente. Desde luego, inexorablemente todas las personas seremos «beneficiarias» de los estragos del tiempo sobre nuestra condición física, nuestras capacidades, nuestra edad o nuestras enfermedades.

Con introspección, extrospección y preguntas adecuadas podríamos ponernos en el lugar de los otros. Casi seguro que nos ayudaría a rebajar unos grados nuestras certezas, nuestras seguridades, nuestros prejuicios y nuestras exclusiones. Nos conduciría a ejercer una conducta presidida por una ética compartida basada en valores morales como la justicia y la igualdad, el compromiso y la confianza, el cuidado y el respeto. Pero para todo lo anterior será necesario decidirse a detenerse y con tiempo suficiente dedicarse a mirar dentro y luego mirar afuera, desde luego no a las pantallas, sino a otras personas a las que no hemos mirado atentamente. Una reflexión moral individual y compartida puede cambiar más realidades que un real decreto.

En definitiva y de otra manera, podríamos quitarles las comillas a "los otros". Liberarlos de la exclusión en la que los hemos recluido para abrazarlos con la potencia que describe de manera insuperable Ángel Gabilondo. 

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Con seguridad voy a terminar esta experiencia de aprendizaje con un bagaje considerable en todo tipo de discriminaciones. Con una gavilla de conceptos, normas y realidades desconocidas, que me abren nuevas perspectivas.

Una experiencia imaginativa, entretenida, reveladora, exigente, que sutilmente nos recapacita en más y mejores habilidades, aptitudes y actitudes humanas y sociales, no solo profesionales o digitales. Ese es el logro más extraordinario de Irene y Adrián, junto con las otras doce personas que han participado en eventos y píldoras.

[¡Atención! Voy a repetir, algo reducida, la conclusión del reto del módulo 2, pero…]

Todos los retos me han invitado a mirar algo que tenía cerca y no me había detenido a observar. Esa nueva mirada dota de otro sentido, inesperado y feliz, una frase que me conmueve: «Componer un relato colectivo, leer el libro entero, son dos ambiciones inmensas. Inalcanzables, sin duda. Pero estamos aquí para eso».

Ahora lo sé mejor: sin exclusiones; con integración.

Sin comillas.

¡Gracias y gracias! Adrián, Irene, por vuestro ¡gran trabajo!

¡Gracias por vuestra atención!

Salud-os desde València.

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